¿Cuál es el costo que necesitamos pagar para tener buenas relaciones con los demás?

1. Cultivar buenas relaciones con los demás requiere sinceridad. 
Debes estar lo suficientemente interesado para decir la verdad fraternalmente, incluso cuando prefieras pasar por alto un problema o no tratar un asunto espinoso. Muchas personas persisten en sus conductas autodestructivas porque no tienen a nadie que las ame lo suficiente como para decirles la verdad (aunque duela). 

A veces surge un asunto que puede provocar tensión o incomodidad y lo pasan por alto. La comunión verdadera es el resultado de una franqueza amorosa, ya se trate de un matrimonio, una amistad o tu iglesia. Cuando un conflicto es bien manejado y se encaran y solucionan las diferencias, se estrechan las relaciones. 

La franqueza no debe ser una licencia para decir lo que a uno se le antoja, dondequiera y cuando quiera. Eso es descortés. Las palabras irreflexivas dejan cicatrices profundas. 

2. Cultivar buenas relaciones requiere humildad. 
Nada destruye la comunión tan rápido como la arrogancia, la autocomplacencia y el orgullo empedernido. El orgullo construye paredes entre las personas; la humildad construye puentes. 

Este es otro motivo por el que debemos ser humildes: el orgullo bloquea la gracia de Dios en nuestra vida, la que necesitamos para crecer, cambiar, sanar y ayudar a los demás. Es una manera peligrosa de vivir. 

Podemos desarrollar la humildad de manera práctica: reconociendo nuestras debilidades, siendo tolerantes con las debilidades de otros, estando dispuestos a ser corregidos y destacando lo que hacen los demás. 

La humildad no es pensar menos de ti mismo sino pensar menos en ti mismo. Humildad es pensar más en los demás. 

3. Cultivar buenas relaciones requiere amabilidad. 
La cortesía o amabilidad consiste en respetar nuestras diferencias, tener consideración por los sentimientos de otras personas y ser tolerantes con las que nos molestan. 

En todo lugar siempre habrá por lo menos una persona “difícil”. Podríamos llamarlas personas NGE: que “necesitan gracia extra”. Dios puso a tales personas en medio de nosotros para nuestro beneficio como para el de ellas. Son una oportunidad para el crecimiento y poner a prueba la comunión. Los miembros de una familia se aceptan porque pertenecen a la misma familia. Defendemos y protegemos la familia.

¿Por qué debo congregarme?

Eres llamado a pertenecer, no sólo a crecer. Incluso en el entorno perfecto y sin pecado, en el jardín del Edén, Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”. Dios nos creó para vivir en comunidad, para la comunión y para tener una familia, y no podemos cumplir los propósitos de Dios por sí solos.

Aunque nuestra relación con Cristo es personal, la intención de Dios no es que sea privada. En la familia de Dios estamos conectados con todos los demás creyentes, y nos pertenecemos mutuamente por la eternidad.

La iglesia es un cuerpo, no un edificio; es un organismo, no una organización. Para que los órganos de tu cuerpo cumplan su propósito, deben estar conectados al cuerpo. Lo mismo es cierto en tu caso, como parte del cuerpo de Cristo. Dios te creó para desempeñar un papel específico, pero si no te vinculas a una iglesia viva y local, te perderás este segundo propósito en tu vida. Descubrirás tu papel en la vida mediante tu relación con los demás.

Fuera del cuerpo, los órganos se secan y mueren. No pueden sobrevivir solos; nosotros tampoco. Desvinculado y sin la fuente de vida que brinda el cuerpo local, tu vida espiritual se marchitará y dejará de existir. Por este motivo, el primer síntoma de decaimiento espiritual suele ser la asistencia irregular a los servicios y otros encuentros de creyentes. Cuando descuidamos la comunión, todo lo demás también se va a pique.

La persona que dice “No necesito a la iglesia” es arrogante o ignorante. La iglesia es tan importante que Jesús murió en la cruz por ella.

La Biblia llama a la iglesia “esposa” y “cuerpo” de Cristo. No nos podemos imaginar decir a Jesús: “Te amo, pero no me gusta tu esposa” o “Te acepto, pero rechazo tu cuerpo”. Pero eso es lo que hacemos cuando le restamos importancia, menospreciamos o nos quejamos de la iglesia. Es triste ver que muchos cristianos usan la iglesia, pero no la aman.

Casi todas las veces que se usa la palabra iglesia en el NT se refiere a la congregación local y visible, salvo aquellos que estaban fuera por disciplina o inmoralidad. Un cristiano sin iglesia materna es como un órgano sin un cuerpo, una oveja sin rebaño o un niño sin familia.

Muchos creen que es posible ser un “buen cristiano” sin unirse (a veces sin siquiera asistir) a una iglesia local, pero la Biblia no está de acuerdo con eso.

Un Ganador...

Un Ganador es aquel que respeta a sus superiores y trata de aprender algo de ellos; en cambio, un Perdedor se rebela contra los que son superiores a él y minimiza sus logros.

Un Ganador explica; un Perdedor justifica.

Un Ganador dice: “Vamos a buscar la forma de”; un Perdedor dice: “No hay forma de”.

Un Ganador enfrenta los problemas; un Perdedor trata de esquivar los problemas.

Un Ganador dice: “Debe existir una mejor forma de hacer esto”; un Perdedor dice: “Así es como siempre se ha hecho”.

Un Ganador demuestra su preocupación cuando trata de remediar el error; un Perdedor dice: “Lo siento”, yo volvería a hacer lo mismo la próxima vez.

Un Ganador sabe por qué pelear y con qué comprometerse; un Perdedor se compromete con lo que no debería, y pelea por lo que no vale la pena.

Un Ganador trabaja más duro que un perdedor, y tiene más tiempo; un Perdedor está siempre “demasiado ocupado” para hacer apenas lo que es necesario.

Un Ganador no tiene miedo a perder; un Perdedor tiene temores secretos a ganar.

Un Ganador se compromete; un Perdedor promete.
Reunión de Jóvenes sábados a las 6 pm Urb. Alvarez Thomas D-11