David Brainerd, un ejemplo de total entrega a Dios

Aun a pesar de que la expulsión de Brainerd de Yale obstaculizó su entrada al pastorado e hizo que pensara en trabajar como misionero, el llamado misionero del Señor que sintió en esto no lo abandonó cuando por fin se le presentaron otras oportunidades para el pastorado. Tuvo varias oportunidades de tener una vida mucho más fácil y estable como ministro en una iglesia.

La iglesia de Millington, cerca de Haddam, su pueblo, lo llamó en marzo de 1744, y él describe el llamado como un gran cuidado y una gran carga. Lo rechazó y oró para que el Señor enviara obreros a su viña. La iglesia de East Hampton, en Long Island, también lo llamó. Jonathan Edwards decía de aquel lugar que era «el pueblo más bello y agradable de toda la isla, y tenía una de sus iglesias más grandes y ricas». Brainerd escribe el jueves 5 de abril: «He decidido seguir aún con el trabajo entre los indios, si lo permite la divina providencia, aunque antes sentí alguna inclinación a ir a East Hampton, donde se me había pedido que fuera».

Hubo otras oportunidades más. Pero cada vez la lucha se resolvía con este sentido de carga y de llamado: «No me sentía libre para pensar en ninguna otra circunstancia u ocupación en la vida: iodo mi anhelo estaba en la conversión de los paganos, y toda mi esperanza estaba en Dios: Él no soporta que yo me agrade o consuele a mí mismo con la esperanza de ver a mis amigos, regresar a mis lugares queridos y disfrutar de las comodidades del mundo». Por tanto, que es obvio que la lucha existió, pero él permaneció en su lugar gracias a que estaba dispuesto a sufrir y sentía pasión por ver extenderse el Reino de Cristo entre los indios.

La pasión por terminar bien
Veamos ahora la forma en que Brainerd reaccionaba ante estas luchas. Lo que nos asombra de inmediato es que se esforzara por seguir adelante. Una de las principales razones por las cuales la vida de Brainerd tuvo unos efectos tan poderosos en la gente, es que, a pesar de todas sus luchas, nunca abandonó su fe ni su ministerio. Lo consumía la pasión por acabar su carrera, honrar a su Maestro, propagar el Reino y avanzar en su santidad personal. Su inconmovible fidelidad a la causa de Cristo es la que hace que su dura vida resplandezca con gloria, de tal manera que podamos comprender a Henry Martyn cuando escribió, siendo estudiante de Cambridge en 1802: «¡Anhelo ser como él!».

Hay algo que nos conquista el alma cuando vemos a un hombre leal a una sola pasión, perseverando contra todas las probabilidades, terminando su carrera sin importarle el precio. Un hormigueo nos recorre la columna vertebral con el anhelo de consagrarnos a Cristo de manera radical cuando leemos, por ejemplo, el firme propósito de Pablo que pone la sumisión por encima de la seguridad (Hechos 20:24). La entrega leal, que hace que todo lo demás desaparezca, cautiva el corazón y nos hace anhelar junto con Tomás, seguirle, al precio que sea (Juan 11:16).

Clyde Kilby atribuye la influencia de Brainerd a este tipo de inspiración. “No son los logros de Brainerd como misionero, por significativos que hayan sido, los que han perpetuado su influencia. Me atrevo a decir que no es ni siquiera su diario, tanto como la idea que hay tras todas esas cosas, que tuvo como consecuencia la formación de este hombre. En nuestra timidez y nuestro oportunismo de mala calidad, siempre nos sacude el que aparezca en el horizonte un hombre dispuesto a jugárselo todo por una convicción”.

"La Sonrisa Escondida de Dios", John Piper.
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